POR JORGE LÓPEZ ANAYA

Alberto Greco es un personaje casi mítico, su vida intensa y extremadamente breve, que a primera vista aparece como una mezcla de fe, de candor, de voluntad de poder y de impostura contribuyó a crear la leyenda. Cuando su observan las fotos de sus acciones, cuando se contemplan sus dibujos y sus pinturas, cuando se estudian sus escritos, se percibe tanto la actualidad como el aspecto subversivo y radical de su obra, así como la repercusión que tuvo, tanto en el arte argentino como en el español.
En apenas una década, Greco pasó rápida e intensamente, casi con desesperación, por la poesía y la pintura informalista en Buenos Aires, San Pablo y Río; el Vivo-Dito en París; el teatro-performance en Roma; el Manifiesto del Arte Vivo en Génova; los cuadros-textos y los objects vivant en Madrid; la acción de la Central Station en Nueva York; las delirantes confesiones de Besos brujos en Piedralaves y el suicidio en Barcelona. El inventario de la breve pero caótica deriva, por supuesto, es incompleto.
Se han contado muchas historias sobre su vida, sobre sus ocurrencias y sobre su arte. Muchas veces las versiones son poco casi opuestas, las listas son incompletas y algunos datos están llenos de espacios en blanco que pueden llenarse de maneras muy diversas. Pero a pesar de ello se puede intentar tratar de escuchar lo que él mismo dijo de su obra. También lo que sus testigos privilegiados recuerdan, aunque muchas veces la memoria puede ser fatídicamente infiel.


El hijo de la tía Ursulina


Greco, en un texto que leyó en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en 1961, construyó su imaginaria biografía: "Ocho años después de Jorge Julio, mi hermano mayor, y cuatro antes de Edgardo, nacía en Buenos Aires Alberto Tomás greco (yo). Lo escribo así para darle un poco más de importancia y al mismo tiempo hacer el cuestionario menos aburrido. Según comentarios de algunos, soy hijo de Ursulina, mi adorada tía materna; pero no es cierto, porque en ese 14 de enero de 1931, mi tía Ursulina ya hacía dos años que estaba en Tokio, junto con mi tío Matías, adonde habían ido en un principio para participar en un certamen de barriletes y luego se quedaron hasta el invierno del 33. De todas maneras puedo decir, porque tengo ganas y porque me gusta la idea, que soy hijo de mi tía Ursulina y no de Ana Victoria Ferraris como figura en el insoportable papel de identificación".
Más adelante, luego de narrar la insólita historia del faisán que su tía Ursulina le envió como regalo cuando tenía tres años, narró la historia de sus comienzos en la pintura: "En esa época ya no me interesaban los lápices de tinta que traía mi padre del Banco. Había descubierto algo mejor: los colores. Quizá, porque me recordaban al faisán. Pintaba sobre cualquier papel pasando los dedos mojados en saliva sobre esos redondeles de acuarela... Pintaba todo el tiempo con los dedos. Eran manchas muy raras. Jorge Julio insistía en que yo le explicara el sentido de esas manchas de colores; que quería decir, porqué las había hecho. En qué pensaba cuando las estaba haciendo. Quería a toda costa una explicación. Pero yo nunca supe responderle, deseando continuar mudo toda mi vida (no podía hablar desde la muerte del faisán) para no tener que dar explicaciones nunca. Y también sordo, para no oírlas".
La historia más o menos confusa de Greco, registra que muy joven estudió unos meses en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano y luego, entre 1947 y 1948, trabajó en el taller de Cecilia Marcovich. Según parece, hacia la misma época, recibió algunos consejos de Tomás Maldonado. En 1950 publicó un libro de versos, en una edición artesanal de 150 ejemplares, con el título de Fiesta.
Se instaló en París en 1954; en una carta dirigida a un familiar comenta que visita exposiciones y pinta mucho. Más aún, señala: "Son cosas abstractas y salen bien". Las obras a las que se refiere, en general están pintadas sobre papel, tienen reducidas dimensiones y reflejan la influencia de la abstracción lírica -dominante en París-, con algunas referencias a Klee, Fautrier, Hartung y Vieira da Silva. El 1 de marzo de 1955 expuso un conjunto de guaches en la galería La Roue.
Retornó a Buenos Aires un año más tarde. Apenas transcurrido un mes de su arribo expuso en la galería Antígona. Pretendió presentar unas cartulinas monocromas, obras que las galeristas no aceptaron La muestra Proposithions monochromes de Klein se había realizado en la galería Colette Allendy de París apenas ocho meses antes de la propuesta de Greco. . Finalmente presentó unos guaches de París. Pero ya estaba planteada la crisis de la pintura como lenguaje, que Greco profundizaría con sus "acciones".
En 1957 viajó a Río de Janeiro; expuso con otro pintor argentino en la Petit Galerie. Según parece presentó cuadros "tachistas", estética que debió resaltar en el contexto brasileño de un arte fuertemente formalista. En 1958 estaba en San Pablo. En abril del mismo año expuso individualmente en el Museo de Arte Moderno de esa ciudad. Presentó el resultado de una suerte de "acción", un papel manchado al azar y recortado en cuadrados y algunas chatarras oxidadas encontradas en la calle (sobre las obras expuestas hay testimonios divergentes).
Greco retornó a Buenos Aires luego de dos años de ausencia, traía consigo una muestra de dibujos de artistas de San Pablo, que expuso en la galería Antígona.


El informalismo

Poco después, en 1959, integró el Movimiento informalista junto con Barilari, Kemble, López, Maza, Pucciarelli, Towas y Wells. Este último ha recordado que el grupo existió por él. "Era el aglutinante, la dinámica del grupo".
Greco participó en las dos exposiciones del grupo, la primera, en junio, en la galería Van Riel y la segunda, en noviembre, con el auspicio del Museo de Arte Moderno, en las salas del Museo Eduardo Sívori. También expuso, junto con Méndez Casariego, Estela Newbery y Pucciarelli, en otra muestra de pintura informalista, en julio del mismo año, en la galería Pizarro.
Greco, en sus pinturas informalistas, oponía a las formas de la "buena pintura" una actitud vital y ética. Su obra matérica mostraba grandes superficies casi monocromas, texturadas, que recordaban los viejos muros descascarados. La exposición de la galería Pizarro, del año 1960, estaba íntegramente constituida por sus telas oscuras, matéricas, de una materia muy trabajada.
Fernando Demaría recordó el proceso de elaboración de su pintura Homenaje a González Frías: "expuesto de noche a la intemperie en un balcón, para que la noche, el viento, el hollín de la ciudad y la lluvia fueran cargándolo con su fuerza". En ocasiones, además de recurrir a ese procedimiento, orinaba sobre sus cuadros -e invitaba a sus amigos a imitarlo- aduciendo que por ese medio obtenía reacciones orgánicas de la materia que la enriquecían con resultados inesperados Américas, junio de 1966, p. 37. .
El "objeto artístico" ya en esa época le resultaba poco estimulante. Se interesa menos por las obras terminadas y definitivas que por el comportamiento del artista dentro de la realidad social. En 1959 preanunció sus "operaciones artísticas" sacando a la calle Florida los cuadros expuestos en la galería Van Riel.
En el Sexto Salón Anual de Arte Nuevo, que se realizó en el Museo Sívori, en septiembre de 1960, Greco presentó un tronco de árbol algo quemado (lo había recogido en la calle) y dos trapos de piso impecables, estirados sobre bastidores. Era evidente que en ese caso la noción de arte devenía en un asunto individual. Es el artista quien crea su propia noción de objeto de arte. Pero, por sobre todo, es notorio que ya en esta fecha se opone a toda convención o normas artísticas. Le interesa la identidad del artista singular y producto de una conciencia individual a ultranza.
En una disertación en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en 1961, hablando del informalismo dijo: "No es, como los demás creen, un atentado a la forma, al menos para mí. Esto sería ridículo. Creo en la forma de lo informe. Creo que es una posición en contra de la forma geométrica, del cálculo matemático mental, como estructura para la futura obra plástica. Nunca sentí la geometría ni las matemáticas; decididamente no las entiendo. Nunca me han emocionado. No las niego, pero creo en la otra pintura, en la pintura vital, en la pintura grito, en la pintura como una gran aventura de la que podemos salir muertos o heridos pero jamás intactos, algo así como entrar a un gran bosque sin ideas preconcebidas". Poco después continuó: "Más que 'pintor' de mis cuadros, me considero 'pintado' por mis cuadros, que muestran mi propia imagen salvaje, siempre torturada, como es la belleza. Pinto porque sino reviento. Reventaría, quizá por tanto muro, por tanta cárcel inventada. Quiero hacer lo que siento. Lo que nace espontáneamente de mí".
Cuando el carnaval termina
En octubre 1961, en su última muestra de pinturas en Buenos Aires, que tituló Las monjas, Greco presentó unas obras de concepción informalista-neofigurativa, dramática, con monjas desgarradas, hechas con los materiales más desagradables, con telas pegadas y camisas viejas manchadas. Expuso cinco o seis telas; en el centro de la sala una de las monjas estaba figurada con una camisa sujeta con clavos de herradura al bastidor. La había titulado La monja asesinada.
En esta época Greco hacía colgantes y collares con clavos de herrar. Los soldaba con plata. Quizá debido al uso del alambre de plata, ideó una espiral del tamaño de un botón de solapa. Había ideado la Orden de Greco, un poco a la manera de la famosa Orden del Tornillo que otorgaba Quinquela Martín. Pero Greco lo "concedía" a quienes tenían algo que ver con una forma de vivir, o de practicar el arte, lo más antiformal posible. Quizá había en esta Orden de Greco algo de la Orden de los Sátrapas de la Escuela de Patafísica. (En realidad Greco tenía alguna similitud con el Faustroll de Jarry, quien confrontaba y explotaba todas las formas posibles de existencia, en oposición al destructivo e insensible Ubú).
En esa época Greco ya era un personaje de leyenda. "Lo que Greco significaba -escribió Noé- era la liberación del prejuicio. Por esto sus propias víctimas -las cargadas de prejuicios, sobre todo sociales- eran quienes coqueteaban con él. Lo veían como un ángel liberador de los prejuicios que en definitiva ataban a ellos mismos". Greco escribió: "Mi obra empieza cuando mi carnaval termina. Le llamo carnaval pero no es: es simplemente necesidad de espíritu, de espontaneidad, de alegría de vivir".
Su desencanto con la tendencia que había contribuido a difundir en Buenos Aires era evidente. Greco solía repetir: "Cuando llegué de Brasil mi sueño era formar un movimiento informalista, terrible, fuerte, agresivo, contra las buenas costumbres y las formalidades. Se impuso lo peor del informalismo: lo decorativo, lo fácil, aquello que no soporta ser visto dos veces." Cit. En Germaine Derbecq, "Alberto Greco, el mago de Buenos Aires", Le Quotidien, 1960. Por motivos similares, otros artistas adheridos al informalismo en 1959, presentaron en la galería Lirolay, dirigida por Germaine. Germaine, la muestra de Arte destructivo (noviembre de 1961). Integraron el grupo Kemble, Seguí, Wells, Silvia Torras, Barilari, López Anaya y Roiger.  .