Nota publicada
en Revista
PRIMARA PLANA


ESCRITORES: EL PRIMER NOVELISTA POP



Te dejo la novela. Hacé lo que puedas para que se publique pero no te olvidés que es literatura y no pintura. ;Ja! Parezco una mama cuando se va de viaje, dando las últimas recomendacionés a los nenes. El argentino Carlos Mazar recibió el bulto cuadrado, envuelto en papel madera, y lo guardó en un cajón. Esa noche, el autor tomó el tren nocturno Madrid-Barcelona, al día siguiente se compró una docena de tarros de pintura, unos cuantos pinceles y varias telas y le confió a sus amigos: "Desde ahora me pongo a trabajar seriamente". Cuatro días después, en un cuarto atestado de aparatos sanitarios, Alberto Greco se suicidó con tres tubos de barbitúiricos. En su muñeca izquierda habia escrito con tinta china la palabra Fin. A dos años de su muerte, Besos brujos es el testimonio alucinante de un hombre que inventaba la vida todos los días. Pero es, sobre todo, la primera obra que el arte pop le ofrece a la literatura argentina.

Sin aliento ~ Habia empezado siendo actor, pero renunció a los quince años, decepcionado, cuando oyó a Emma Grarmmatica decirle en medio de un parlamento lacrimógeno: "Ma'state quieto", porque él casi la había tirado al suelo, al pisarse el vestido. Se puso a pintar entonces, y hasta compuso un horrible libro de versos que publicó con el título de Fiestas, en ana edición propia que constaba de cien ejemplares.

Su primer happening data de 1950: en la librería Juan Cristóbal dio una conferencia sobre Alberto Greco y Los pájaros, que terminó con el encarcelamiento del conferenciante y del público bajo acusacó6n de "comunismo y actividades subversivas". Cuando decidió marcharse a Europa la primera vez, imaginó dos medios para conseguir la plata del pasaje: vendía rifas en el café de Los Independientes (el prernio era una cerámica) y confiaba sus videncias a los actories de cine (el primero fue Angel Magaña).

Por fin llegó a París en el 54 y se instaló en un hotel de la rue Saint André des Arts, donde también vivían Maria Elena Walsh, Leda Valladares y Lalo Schiffrin. Como todos los pintores, se ganaba la vida vendiendo acuarelas en el Deux Magots y en el Flore. "Pero Greco - se acuerda José María Pepe Fernández - vendía mas que ninguno. Como no hablaba una sola palabra de francés, y nunca lo pudo aprender, se limitaba a meterle la carpeta con los dibujos en la cara de los clientes, con cierta displicencia, y la gente le compraba un poco por asombro y otro poco porque intuía que era la única manera de sacárselo de encima." En seis meses, Greco era el personaje más conocido de Saint-Germain-des-Prés. Tenía una suerte de magia personal que lo hacía irresistible: "La gente lo conocía y lo seguía durante un tiempo. Después, Greco iba siempre tan rápido que los perdía por el camino".

Durante esos dos años hizo una exposición (vendió un solo cuadro, cuya compradora fue la mujer de Paul Éluard), consiguió un editor para un libro que nunca escribió y se volvió a Buenos Aires, tras dar un coctel en el hotel de Londres. Había invitado a más de sesenta personas, y los 300 francos de la cuenta de la confitería los pagó vendiendo una serie de dibujos en el Flore. Para su primera exposición en Buenos Aires, después del viaje, embadurnó la ciudad con carteles que decían Alberto Greco es un genio, en todos los colores del espectro.


El últimos acto de locura del Greco de Buenos Aires (Izq. Greco; centro: Gades).

Con los ojos azules, siempre asombrados, y los restos de la última comida flotándole sobre la barba enmarañada, Greco se fue de Buenos Aires hacia Nueva York, se quedó un tiempo en Brasil, volvió a la Argentina, viajó a Madrid. En cada ciudad imaginaba juegos arrasadores para demostrar que el arte, y tambéni la vida, no merecían tomarse demasiado en serio, que la intrascendencia era una forma de abolir la solemnidad. En Roma montó un espectáculo: Cristo 62, donde treinta homosexuales se desnudaban en escena; la aventura terminó con su expulsión de Italia. En Madrid congrego a toda la élite intelectual en una galeria de arte y consiguió que cada invitado se colgara una campanita del cuello. "Estábamos apiñados cada vez que nos movíamos se oían los tintineos. Durante tres horas tuvimos la desagradable sensación de parecernos a un rebaño. Cuando nos dimos cuenta, Greco se había escabullido por la puerta de atrás", recuerda el pintor Antonio Saura.

Su obsesión por el arte efímero terminó con la desaparición de varios cuadros. "Una de sus obras más hermosas fue La maja podrida - piensa Saura -, pero la hizo con carbonilla sobre aceite. Ahora me enteré que de la tela sólo queda un borrón; la tiene un coleccionista de Bilbao y no hay manera de recomponerla." Y las pinturas que no se arruinaron andan desparramadas por ahí, en un guardamuebles de Barcelona y en unos desvanes del Quartier Latin, donde languidecen tres rollos de acuarelas con las puntas roídas por las ratas.

Besos brujos no fue su única obra literaria: Carlos Mazar posee, además, un cuento de cuarenta. carillas escrito en tres días diferentes, la semana de la muerte de Kennedy; es un relato que mezcla los sucesos de Dallas con historias autobiográficas y anécdotas de Madrid. Dos piezas de teatro desaparecieron en alguna mudanza o quizá con la venta de los muebles de su departamento.