Greco escribió Besos brujos en quince días; primero, en las playa3 de Ibiza, después, en una mesa del bar Gijón, de Madrid, donde había establecido su cuartel general. Las 130 páginas manuscritas (al principio con letra de imprenta, después con una caligrafía indescriptible) están abarrotadas de dibujos, manchadas con grasa, festoneadas con huellas de vino y cerveza. Con un estilo desprovisto de elegancia pero no de fuerza, con frases torpes y a veces mal redactadas, Greco cuenta los estertores de su amor de una década por Claudio, un chileno que había conocido en París (ver nota 2). La historia de esa quincena está mezclada con la copia textual de reportajes, aparecidos en revistas especializadas, a Sylvie Vartan o a Luigi Tenco (que se suicidó el año pasado; Greco siempre andaba con un disco de Tenco bajo el brazo), con recetas de cocina, con una historieta que en el original aparece ilustrada por los dibujos correspondientes, con la transcripción de tangos de Gardel y canciones de Palito Ortega. A partir de ese caos, el pintor compone un collage delirante, se zambulle en la cursilería, en los lugares comunes y se hunde en todas las fórmulas antiliterarias para acceder a una sobrecogedora confesión.



Manuscrito de besos Brujos.

A la manera de las novelas de William Burroughs o de El ángel subterráneo, de Jack Kerouac, Besos brujos es un diario que conduce al lector por los vericuetos de una personalidad torturada. A diferencia de esos autores, sin embargo, Greco no indagaba el porqué de nada: prefería quitarle seriedad a sus textos divirtiéndose con la princesa Lídia y con el correo romántico de la revista Fans. El resultado es deslumbrante y patético, dos adjetivos que también definían al autor.

Así se lo vio por última vez en Buenos Aires, durante el mes de diciembre de 1964; bajó de un avión de Iberia con dos acólitos de acento castizo, enteró en un par de días a toda la ciudad de su llegada, y oyó comentar, satisfecho: "Creímos que no se animaría a volver". A la semana siguiente, la galería Bonino despachaba un vertiginoso número de tarjetas en las que anunciaba: "Mi Madrid querido, pintura espectáculo vivo-dito, con la colaboración del famoso bailarín español Antonio Gades; presentación de Jorge Romero Brest". Era el principio de un escándalo mayúsculo, quizás único en esta década.

La gimnasia del vivo-dito - Media hora antes del show, el 9 de diciembre, el público, agolpado ante la puerta de la galería (en Maipú al 900), interrumpió el tránsito y reclamó estentóreamente que la fiesta empezara. En la primera sala se veía una pared decorada con viejos paneles de un cafetín del Bajo, abrumados por opulentas vedettes finiseculares; debajo de ellas, sendos cartelitos advertían: Mi tía María del Rosario Greco - Mi tía Ursulina Greco. Dos melancólicos lustrabotas (los que paraban en la esquina de Florida y Córdoba y en la de Florida y Paraguay) aparecían sentados ante bastidores blancos, rodeados de pomadas, cepillos y frascos de tinta.

Alberto Greco entró vestido de almirante o embajador (nadie lo supo nunca), con una banda roja cruzándole el pecho y un aludo sombrero negro desbordante de plumas multicolores. Trepó a una taríma, y desde allí esparció sobre la concurrencia claveles y banderines con la efigie de Palito Ortega. Luego, con su voz gangosa y temblequeante. leyó un manifiesto que acumulaba medio centenar de obscenidades y palabrotas.

Harta del encierro, la comitiva de Greco decidió trasladarse a la plaza San Martín, al compás de la Marcha de San Lorenzo: el bailarín Gades ensayó un fandanguillo al pie del monumento, mientras el Greco pintarrajeaba sobre un bastidor en blanco. En aquel momento, con Pose de augur, explicó al público lo que quería decir vivodito: "Es lo que se señala con el dedo, lo que se muestra, lo que ocurre". Fue su última frase célebre en el país donde había nacido, y quizá sirva también para explicar a Besos brujos.

Greco entró en la leyenda el día que se suicidó. Todavía se cuenta en Buenos Aires que escribió en una pared Esta es mi mejor obra, para aludir al espectáculo de su muerte. Hay quienes dicen que saltó por la ventana, que se hizo estrangular por una prostituta del Barrio Chino, en Barcelona; que legó su cerebro a la Sociedad Protectora de Animales. Murió en octubre de 1965, poco después de cumplir 35 años. Como Malraux había querido para sus personajes de La condición humana, el Greco vivió de tal modo que pudo elegir su muerte.